Fotos del avion donde murio pedro infante

Fotos del avion donde murio pedro infante

Por Mónica Pérez y Felipe Gerdtzen

Augusto Pinochet: 503 días atrapados en Londres
Periodismo UDP/Catalonia, Colección Tal Cual, 2016

Augusto Pinochet: 503 días atrapados en Londres

Como corresponsales en la capital británica, los autores cuentan la historia de los 503 días del arresto de Augusto Pinochet, probablemente la más increíble de todas las que constituyen lo que historiadores y analistas han llamado "transición a la democracia". Amparado por su pasaporte diplomático de senador vitalicio, convaleciente de una operación a la columna en una elegante clínica inglesa, nadie pudo imaginarse que ese iba a ser el momento en que un tenaz juez español lo encausaría por violaciones a los derechos humanos cometidas durante su régimen.

El siguiente adelanto corresponde al operativo para el regreso a Chile del dictador.

El Águila parte a Chile

Augusto Pinochet siguió en directo los acontecimientos relacionados con su liberación a través de la señal de TVN. Junto a él estaban sus abogados chilenos, su familia y Michael Caplan. Al mismo tiempo que se enteraban de la decisión del ministro Straw, llegaba a través del fax el documento completo que el abogado británico se apresuró a estudiar, por si tenían que enfrentar cualquier recurso de última hora. Ya podían salir tranquilos de la casa. Lo que nadie sabía era que, el día anterior, la defensa de Pinochet había conseguido discretamente que se cambiaran las condiciones de su libertad condicional. Esas modificaciones incluían que Pinochet podría desplazarse a cualquier lugar solo con el acuerdo de la policía, eliminando la posibilidad de que un recurso de última hora ante la High Court los pillara en medio de la carretera.

Como era inminente que Pinochet no completaría su noche número 504 en Londres, gran parte del piquete hizo una vigilia en Virginia Waters. Pusieron sus cruces y sus lienzos en el corral que alternaban con la prensa. A pesar de que en los últimos días habían dicho que tener 500 días preso a Pinochet ya era un triunfo final, era evidente que aquello no era más que un consuelo, pues no tenían ninguna confianza en la justicia chilena.

El operativo para volver a Chile con Pinochet había comenzado, en cierto modo, hacía 47 días, el tiempo que llevaban en Inglaterra los dos pilotos, los dos copilotos, los dos ingenieros en vuelo, el jefe de cabina, el encargado de la seguridad del avión y un grupo de mecánicos.

En total, 16 personas. Como tenían que estar permanentemente alerta, jamás pudieron moverse muy lejos de la base aérea de Brize Norton, el lugar donde alojaban y donde estaba el avión tanquero Águila, un Boeing 707 totalmente adaptado para brindarle todas las comodidades y seguridades a Pinochet y con la autonomía suficiente como para no requerir una escala técnica cerca del territorio europeo. El avión se mantuvo siempre con un poco más de la mitad del estanque lleno y a punto para comenzar maniobras de despegue. En los tediosos días de la espera a las respuestas judiciales a los últimos intentos legales de los adversarios del general, la entretención de la prensa era ir a ver a Brize Norton si movían o no el avión.

No hubo ruta oficial hasta la madrugada del 2 de marzo. Esa noche, la tripulación la pasó en vela. Lo que sí estaba definido era una maniobra distractiva que consistió en volar a las cinco de la mañana hacia otro lugar. El sitio escogido para la partida fue un aeropuerto de carga a más de 200 kilómetros de Virginia Waters. Solo un grupo reducido de chilenos e ingleses sabía del cambio. El acuerdo político fue tener nada más que a un equipo de televisión en las inmediaciones para salir en vivo y en directo con las últimas imágenes de Pinochet en Londres. Una cámara ubicada a unos 300 metros de distancia, con un lente especial, tendría la responsabilidad de mostrarle al mundo que la peor pesadilla del anciano militar y los suyos estaba llegando a su término.

En Chile, nadie sabía a ciencia cierta por dónde entraría al país. Empezó el rumor de que haría una escala en Iquique o quizás en Antofagasta. Grupos de pinochetistas de ambas ciudades del extremo norte empezaron a organizar bienvenidas.

Para Eduardo Frei era tanta la satisfacción de traer de vuelta a Pinochet y cumplir así su promesa del 21 de Mayo que no se había preocupado del todo de cómo sería recibido en Chile por sus compañeros de armas. El celo con el que Edmundo Pérez Yoma había monopolizado la relación entre el Ejecutivo y el mundo armado había impedido al resto de los ministros más cercanos al mandatario averiguar si un acto de saludo al anciano retornado estaba o no dentro de los márgenes apropiados.

A lo largo del caso, Frei habría conseguido el compromiso del general Izurieta de que Pinochet «volvería a su casa» y no a la vida pública si es que salía de Inglaterra gracias a gestiones del Ejecutivo. Pocos días antes del desenlace, Izurieta se había comprometido a recibir a su exsuperior de manera discreta.

En Londres, Augusto Pinochet empezó a recoger las cosas de su escritorio y a meterlas en un bolso. Fue una manera de matar el tiempo mientras esperaban todas las confirmaciones y a la escolta que lo llevaría hasta el aeropuerto. Las llamadas se multiplicaban tanto en el teléfono de la casa como en los celulares de Hernán Felipe Errázuriz, Miguel Álex Schweitzer y del coronel Tulio Hermosilla, el agregado militar.

De pronto, todo quedó atrás con el aviso de un guardia de que el servicio de la policía inglesa ya estaba listo. Pinochet se despidió de algunos de sus custodios y miró por última vez su cárcel de Virginia Waters. Su boca se entreabrió, como para dejar salir las últimas emociones de lo que ya constituía una historia pasada. Aunque el piquete había intensificado sus gritos al percatarse de que había aumentado el movimiento policial en las inmediaciones, el anciano militar solo captaba el ruido de las radios policiales y de las voces a su alrededor. De pronto, casi sin darse cuenta, estaba en la van gris junto a su esposa, el general Carlos Molina Johnson y un agente de Scotland Yard. La caravana salió por un camino trasero. Un helicóptero anunció que sería resguardado por el aire. En cinco minutos, Pinochet ya estaba en la carretera rumbo al aeropuerto de Waddington.

Apenas salió el senador vitalicio, el piquete empezó a recoger sus cruces, sus fotos con nombres de detenidos desaparecidos, las banderas de Chile y de los distintos países que de un modo u otro apoyaron su acción contra el exdictador. Un pequeño camión servía para trasladar la escenografía de su protesta. Pero de repente alguien sugirió entrar a conocer la casa de Virginia Waters. ¿Por qué no? Por supuesto, la idea prendió de inmediato, aunque no lograron su cometido.

Cada vez que sonaba el celular del agente de Scotland Yard que estaba dentro del auto, Lucía Hiriart sentía un escalofrío. Y aunque el general Molina trataba de calmarla, explicándole que se trataba de llamadas de coordinación y de que era muy remoto que intentaran frenar la salida, ella ya no confiaba en ese tipo de explicaciones. Súbitamente, se empezó a divisar el aeropuerto y más nítidamente el Águila de la FACH. Pinochet prácticamente no habló durante todo ese tiempo.

Eugenio Parada, el cónsul de Chile en Inglaterra, estaba en la losa para dar la despedida en nombre del embajador Cabrera, quien tuvo que quedarse en Londres. La última imagen de Pinochet en suelo británico fue la de un anciano en silla de ruedas, abrigado con un chal, que subía al avión mediante una plataforma elevada por una grúa, tal como se hace con la carga pesada o valiosa.

Dentro del avión estaba Michael Caplan. «General, quisiera despedirme y agradecerle…», empezó. El tímido y enjuto abogado largó una extensa perorata de lo importante que había sido para su carrera este caso y, para su vida, el conocerlo. También le entregó un regalo que le había encomendado Margaret Thatcher con estrictas instrucciones de dárselo solo cuando Pinochet estuviera a salvo a bordo del avión. El regalo era un plato que llevaba inscrito el nombre de la baronesa. Esto retrasó el comienzo del despegue.

El avión 707, al que le habían puesto una cama atornillada al piso y una especie de primera clase para el general y su esposa, empezaba la carrera hacia el fin de la pista. El próximo amanecer sería en Chile.

La primera señal de alarma para el Gobierno llegó cuando el edecán aéreo de Frei le comunicó al Presidente que tendría que partir desde el aeropuerto de Cerrillos a su viaje programado para la región de Coquimbo, porque el Grupo 10 de la FACH, lugar desde donde tendría que haber despegado, iba a ser ocupado para la recepción de Pinochet.

Surgieron versiones de que el general Izurieta tenía preparado un discurso, de que Pinochet bajaría y sería llevado en una alfombra roja, de que habría bandas militares, cientos de invitados y delegaciones de las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden con sus comandantes en jefe a la cabeza; en fin, de que sería una celebración en grande.

Frei llamó indignado al comandante en jefe de la FACH Patricio Ríos, quien se escudó diciendo que ellos simplemente habían puesto el terreno del Grupo 10 y que era Izurieta quien estaba invitando a todo el mundo y organizando el evento. Es más, le confidenció que hacía semanas que estaba planificado el acto en todos sus detalles, aunque dijo desconocerlos. Agregó que estaba de acuerdo con que debía ser una ceremonia de bajo perfil y que él mismo se lo había planteado al comandante en jefe del Ejército. Luego el presidente Frei llamó a Arancibia, la cabeza de los navales, para advertirle a la Armada que no estaba mirando con buenos ojos todo lo que estaban haciendo y de lo que recién se estaba enterando.

Vino el primero de los telefonazos del Presidente a Izurieta. Frei partió diciendo: «Espero que hagan algo discreto». «No se preocupe, Presidente», fue la respuesta de Izurieta, quien ya estaba advertido de la molestia de Frei por la bienvenida que se le estaba organizando a Pinochet. El mandatario le enumeró todos los rumores que le habían llegado y, cuando el jefe militar iba a empezar a responder acerca de la veracidad de cada uno de ellos, lo paró en seco: «Yo no quiero que entremos en los detalles de esto o de lo otro. Simplemente quiero que haga algo discreto».

La última llamada entre ellos se produjo ya pasada la medianoche, después de que Frei se enterara de que había decenas de periodistas y cámaras esperando el momento en medio de más de 300 sillas que esperaban ser ocupadas por los invitados. El Presidente, ya a gritos, le exigió a Izurieta que Pinochet debía entrar al país en forma reservada, como había salido de Inglaterra. «¡No hagan más show para la televisión! ¿O quieren seguir con los militares en los tribunales? Que sea tal cual se fue. Una sola cámara a lo lejos. ¡No le hagan una recepción de héroe!», demandó. Izurieta respondió nuevamente que no se preocupara. Entendió que su superior jerárquico no quería que hubiera prensa en el recinto. La orden fue desalojar a los periodistas.

Mientras todo esto ocurría, el Águila estaba terminando la escala técnica de tres horas en la isla Ascensión, un minúsculo punto en medio del océano Atlántico que cuenta con una base aérea bajo control británico —la misma que usó Gran Bretaña para que su flota repostara en la guerra de Las Malvinas— y se aprestaba a entrar a Sudamérica. Augusto Pinochet había sido levemente sedado, lo que le permitió dormir una gran cantidad de horas. En el lapso en que pararon en Ascensión, se le hicieron chequeos médicos y se le suministraron analgésicos para soportar la última parte del viaje sin dolores. Pinochet estaba resucitado. Había vuelto a su cara su socarrona sonrisa.

En Chile, la confusión había comenzado cerca de las cinco de la mañana cuando, tanto en los grupos que estaban apostados en Iquique como en Antofagasta, circuló fuertemente la versión de que el avión no llegaría. Mientras en Santiago, en el Grupo 10, se dio la orden a la prensa, acreditada con semanas de anticipación, de abandonar el recinto. «Es por orden del Gobierno», argumentaban los organizadores del acto. Y así empezó una guerra de empujones y de reclamos, donde los periodistas tenían todas las de perder si no había una contraorden.

Radio Chilena tenía una entrevista con el ministro del Interior Raúl Troncoso a las 7:45 de la mañana. Para estar medianamente preparado, el secretario de Estado prendió el televisor a las 7:25. Saltó de la cama al ver que los reporteros estaban siendo expulsados y que la única versión que había en ese momento era que el Ejecutivo lo había ordenado. La respuesta de Troncoso a la primera pregunta que le hizo la emisora fue rotunda: «Desmiento categóricamente que el Gobierno haya pedido algo así».

Los senadores de la UDI Hernán Larraín y Evelyn Matthei, que estaban llegando al Grupo 10, escucharon estas declaraciones en el vehículo que los llevaba. Apenas se bajaron, pidieron hablar con Izurieta. «General, el Gobierno está diciendo que ellos no ordenaron sacar a la prensa». El jefe militar hizo un gesto de rabia, tras lo cual dio la contraorden: los medios de comunicación acreditados podían volver a entrar.

El Águila ya había pasado por el espacio aéreo brasileño y se aprestaba a ingresar al de Argentina. Pero, tras unos minutos de sobrevuelo, los radio controladores aéreos trasandinos advirtieron al piloto chileno que no tenía permiso para hacer esa ruta. La cabina del Águila porfió unos minutos pero, ante la insistencia con que se les exigía la salida del espacio argentino, pidieron instrucciones a Chile. El avión enfiló hacia el noroeste, hacia Bolivia, mientras la torre de control del Grupo 10 se llenaba de insultos para los vecinos argentinos. Alguien dijo que esta había sido la venganza por lo de la guerra de las Malvinas. Otro replicó diciendo que solo había sido una «pachotada» del presidente Fernando de la Rúa, el radical de centro izquierda que hacía casi tres meses gobernaba en ese país. En lo concreto el aterrizaje se demoraba un par de horas.

Una botella de champaña descorchándose y unas risas de entusiasmo fueron los primeros sonidos que escuchó Pinochet al ingresar al espacio chileno. «Bienvenido a su patria, general», le dijo el capitán de la nave y los pequeños ojos azules del octogenario militar se llenaron de lagrimillas, que supo contener. A las 10:25 de la mañana del 3 de marzo, el Águila finalizó su misión. El avión estaba en tierra, en medio de la ovación de las trescientas personas que estaban en frente de la pista.

Pinochet iba a bajar en silla de ruedas por un montacarga, pero cuando se la fueron a abrir se enfrentaron a la insólita dificultad de que esta no podía ser armada. La angustia duró dos segundos: había una silla de repuesto.

La banda militar, puesta detrás del avión, empezó a tocar la Marcha de los Viejos Estandartes, un himno a los veteranos que vuelven de la guerra. Pinochet comenzó a descender y a ser visto por la multitud. Una de sus hijas rompió en llanto. El anciano estaba impecable con un terno azul; en su cara no había dolor.

El protocolo debía ser respetado escrupulosamente. El primero en ir a abrazar al senador vitalicio tenía que ser su sucesor, Ricardo Izurieta. Entonces, vino la jugada maestra que se tenía reservada Pinochet. El general se levantó y pidió su bastón. Así saludó a los elegidos para estrecharle la mano en la bienvenida: el resto de los jefes militares, sus hijos y algunos amigos. «Aquí se respira otro aire», le dijo, bajito, a su hijo Marco Antonio.

Tras esos primeros contactos, empezó a caminar los más de 50 metros de alfombra roja que lo separaban del helicóptero Puma, su nuevo transporte habilitado para llevarlo, custodiado por el grupo comando «Cobra», hasta el Hospital Militar. El sonido marcial de la banda fue el telón de fondo para el momento en que Pinochet alzó su brazo izquierdo —el del bastón— para refrendar entre los suyos la sensación de triunfo por haber llegado.

Pinochet abordó el helicóptero y llegó en 15 minutos al recinto hospitalario ubicado en la comuna de Providencia. El trayecto no implicaba necesariamente cruzar por aire el centro de Santiago, pero el piloto escogió esa ruta con un detalle: pasaron por arriba de La Moneda. La máquina aterrizó en el helipuerto del Hospital Militar, en medio de un dispositivo de seguridad máximo en los alrededores, repleto de comandos y francotiradores echados sobre los tejados de los edificios, con sus anteojos largavista y sus armas en ristre. El fuerte ruido de las poderosas aspas del helicóptero le impidió a Pinochet escuchar los vítores de las casi ocho mil personas que habían pasado la noche en las afueras del hospital, esperándolo.

El Gobierno reclamó al Ejército por el acto y el canciller Valdés fue más allá, al recordar que ahora el senador vitalicio debía enfrentar a la justicia chilena y a las más de 60 querellas que sumaba en su contra.

En la Agrupación de Detenidos Desaparecidos, había una decepción abierta con sabor a un gran sueño roto, mientras en varias cuadras a la redonda del lugar donde era chequeado médicamente Pinochet, se escuchaba el himno nacional, se veían muchas banderas, se gritaba «¡Adónde está, que no se ve, ese maricón de Frei!» y se adoraba mediante cientos de formas distintas a la figura de Pinochet.

A mitad de la tarde la inconfundible caravana de Mercedes Benz blindados, la característica escolta del general desde la época de la dictadura, abandonó el recinto para llevar a Augusto Pinochet Ugarte al fin a su casa, en el acomodado y tranquilo barrio de La Dehesa.

En Inglaterra y en España, las imágenes de Pinochet alzando el brazo y saludando a la multitud llevaron prácticamente a todos los medios de comunicación a criticar severamente la decisión de Straw. El canal inglés Sky hizo una rápida encuesta telefónica: el 78% contestó que el anciano prisionero chileno no debió haber sido liberado. En sus memorias, Straw no tuvo problemas en admitir su error. Durante todo el proceso, había lidiado con el riesgo de que el general burlara, de alguna manera, a la justicia inglesa y, con ello, librara impune de crímenes innegables.

Incluso prefirió monitorear desde su oficina la salida del avión chileno, albergando una tenue esperanza de que algo pasara y se pudiera impedir que Pinochet saliera del país. Las imágenes de su llegada a Chile —sonriente, caminando, bastón arriba— confirmaron sus presagios. «Los reportes médicos no tenían nada que ver con su movilidad física, pero el mensaje era claro: engañó al sistema británico y escapó del juicio que merecía tener», escribió.

A los pocos días de su llegada, el panorama volvió a agitarse para Pinochet. El severo magistrado Juan Guzmán, sorteado en la Corte Suprema en enero de 1998 para investigar la primera querella contra Pinochet, ya había removido miles de metros cúbicos de tierra buscando detenidos desaparecidos para cuando el anciano militar volvió al país después de su cautiverio londinense, y la justicia chilena había aceptado su interpretación jurídica de un detenido desaparecido solo podría ser declarado muerto en presencia de sus restos. Por lo tanto, mientras aquello no ocurriera, tendría que ser considerado como víctima de calificado secuestro, delito que no estaba cubierto por la ley de Amnistía.

El 6 de marzo, Guzmán envió a la Corte de Apelaciones el pedido de desafuero del senador vitalicio Augusto Pinochet Ugarte, estimando que había fundadas sospechas sobre su participación intelectual en la comitiva que asoló el norte del país en octubre de 1973 y que pasó a la historia como «Caravana de la Muerte».

En esos días, hubo sesión de la Mesa de Diálogo. Todas las señales indicaban que se estaba muy próximo a un acuerdo, pero los abogados de causas de Derechos Humanos, con Pamela Pereira a la cabeza, estaban indignados con el Ejército por lo que ellos consideraron el «apoteósico recibimiento» a Augusto Pinochet. Recriminaron duramente al general Juan Carlos Salgado, diciéndole que esa demostración había sido un abuso y que en cualquier otra democracia semejante desafío al Gobierno y al mundo civil hubiera costado la cabeza del jefe de la institución.

Salgado los miró pacientemente, hasta que se dio cuenta de que Pérez Yoma tenía una actitud similar. El ministro de Defensa —que había estado el sábado con toda la plana mayor del Ejército en la fiesta de matrimonio de un hijo de Salgado— quiso interrumpir a Pamela Pereira y empezar el afinamiento de detalles que lo llevarían a coronar exitosamente una idea absolutamente suya. Nunca se esperó que, al final de esa mañana, la abogada saliera a leer el mismo comunicado de queja con que había empezado la jornada adentro del edificio Diego Portales y pidiera ante los periodistas la renuncia del general Izurieta. Con eso se acabó la mesa de Pérez Yoma.

Ricardo Lagos, el nuevo presidente de la Concertación, tuvo que convivir con la figura incómoda de Pinochet prácticamente desde el primer día de su mandato. Como senador aún en ejercicio, el general tenía derecho a asistir al cambio de mando en la ceremonia del Congreso Pleno. «¿Están seguros de que no va a ir?», le preguntaba preocupado a Raúl Troncoso, el saliente ministro del Interior, el 11 de marzo de 2000. «No te preocupes, tenemos la promesa de Izurieta de que no va a ir», fue la respuesta del secretario de Estado. Ese quizás fue el último gusto que se dio Pinochet antes de que se activara el mecanismo que, finalmente, lo desaforaría de su cargo parlamentario: asustar al nuevo Presidente el mismo día del cambio de mando.

Pero Pinochet no estaba para resucitar al duro militar capaz de enfrentar salones llenos de pifias y acallarlas con su semblante adusto. Su familia no quería verlo más en una situación que no fuera cerca de sus hijos, nietos, bisnietos y amigos, el Ejército prefería conservarlo como un hombre símbolo con el menor perfil contingente, y la derecha simplemente no quería verse forzada a tener que convertirse en la minoritaria infantería para defender a una figura que, para muchos de ellos, hacía muy bien quedándose cada vez más en el pasado.

Y siempre estaba ahí la sombra de la posible muerte de Pinochet durante su mandato, hito del que, finalmente, tuvo que hacerse cargo otra socialista, también golpeada por la dictadura: Michelle Bachelet.

El mismo día que el avión que traía de vuelta a Pinochet venía volando a Santiago, los abogados querellantes le pidieron al juez Juan Guzmán que solicitara a la Corte de Apelaciones de Santiago quitarle el fuero parlamentario al general para conseguir procesarlo. En ese momento, acumulaba 60 querellas por muertes y desapariciones de opositores al régimen; ese número llegaría a triplicarse.

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