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Disciplina y fortaleza mental. Esas son las características que, dice esta cartagenera, la convirtieron en la mejor patinadora del mundo. Su cuerpo, como admite riendo, no tenía el biotipo requerido para ser una “grande” de ese deporte, pero la costumbre de ser siempre la primera en llegar a entrenar y la última en irse, fue una de las constantes que la hicieron lo que es hoy en día: un ídolo y ejemplo.

A los tres años de edad se puso por primera vez unos patines. Los deportes que le enseñaban en su colegio, el Centro de Enseñanza Precoz Nuevo Mundo, eran justamente patinaje y ajedrez. Con el tiempo, el primero de ellos se convirtió en una pasión tan fuerte que a los nueve años (en 1996) pidió de cumpleaños ir a ver el Mundial de patinaje que se realizó en Barrancabermeja, el mismo en el que cuatro años después ganaría cuatro títulos e impondría un récord mundial.

Cuestión de disciplina

Justamente en el 2000, y con solo trece años, se perfilaba como una de las grandes promesas del patinaje. Ni siquiera se había graduado del colegio, y recuerda que con la ayuda de su mamá terminaba las tareas en la pista, después de entrenar.

Realmente era el único momento para hacerlo, porque para ser una deportista de alto rendimiento -como ya quería por ese entonces-, debía levantarse a las cuatro de la mañana para salir a montar bicicleta escoltada por su mamá, quien dejó de trabajar para ayudar a forjar a la deportista que conocemos.

Al terminar su jornada matutina con la bicicleta se iba al colegio, donde se bañaba y se ponía el uniforme. Luego asistía a sus clases (cuando no estaba participando en campeonatos) y por la tarde se iba a la pista a patinar.

Madrugar, caerse, seguir un régimen alimenticio y no ir a fiestas o hacer planes con los amigos como cualquier chica de su edad, nadie se lo imponía. Desde ese primer mundial que fue a ver, tuvo claro que quería ser una grande.  Y sabía por su padre –Eugenio Baena, periodista deportivo- que para lograrlo necesitaba darlo todo, los siete días de todas las semanas… y eso fue lo que hizo durante diez años.

Diez años en los que viajó por el mundo como una de las mejores en su disciplina, como una deportista que no dejó título por ganar sin importar que al mismo tiempo enfrentaba duras pruebas como la muerte de su madre en 2001, dejar su Cartagena natal para ir a Bogotá a entrenarse sin conocer a casi nadie o sufrir las lesiones que la dejaron por fuera del podio de ganadores en un par de ocasiones.

Por experiencia sabe que los límites existen solo en nuestra mente y que el trabajo duro y la disciplina son mucho más que palabras cuando de alcanzar los sueños se trata.

Y está tan convencida de esto, que ahora se concentra en motivar a los alumnos de su Escuela de Patinaje Cecilia Margarita Baena, y a través de su trabajo con la Gobernación de Bolívar, en el programa Bolívar Ganador.

Una semilla que cosecha campeones

 - ¿Cómo recuerdas el año 2000, el inicio de tu ascenso?

 Ahí comenzó todo. Desde los nueve años sabía que quería ser campeona mundial, así que arranqué mi preparación en Estados Unidos, ayudada por mi madre. Quería como nada ganar la copa de ese país, pero necesitaba tener catorce años para poder competir con las grandes corredoras. No sé qué hizo mi mamá y logró que me aceptaran con trece años. Corrí y les gané siendo tan chiquita. No lo podía creer.

A raíz de eso me llamaron de la Federación Colombiana de Patinaje y la Selección Colombia de Patinaje para ascenderme a la categoría juvenil e integrar el equipo que competiría en el Mundial de Barrancabermeja ese año. Fue inolvidable, les gané a las patinadoras que tanto admiraba, me llevé cuatro títulos e impuse un récord mundial.

 - Con todos los ojos encima, al año siguiente enfrentaste eventos muy complicados. ¿Qué te mantuvo en pie?

El 2001 fue un año supremamente duro. El mundial era en Francia, pero fue una prueba muy difícil para mí porque mi mamá murió. Ella representaba todo para mí, era la que me llevaba a entrenar, la que viajaba para acompañarme a cumplir mis sueños, y en ese momento mi mundo tambaleó, no sabía qué hacer.

Gracias a Dios, mi hermano y mi familia siempre me han apoyado, también mi entrenador,  Elías del Valle. Recuerdo que él me decía: “A tu mamá le gusta verte sonreír porque eso era lo que hacías en la pista cuando ganabas; entonces, qué mejor tributo para ella que ganes y te vea feliz por eso”. Y eso hice, ese año gané tres títulos mundiales.

- Recibiste el apoyo incondicional de tu hermano (Juan Carlos Baena, hoy entrenador en su escuela) y de tu entrenador.  ¿Qué tan determinante fue?

¡Total! Juan Carlos ha sido mi apoyo incondicional en toda mi carrera, tanto en lo profesional como en lo personal. Siempre estaba junto a mi mamá en la pista, viéndome entrenar y dándome datos sobre las otras patinadoras.

Después de que mi madre murió, mi entrenador se fue a vivir a Bogotá, y en diciembre -cuando me gradué del colegio- Juan se fue conmigo a seguirlo. No teníamos nada, recuerdo que nos fuimos a vivir a la casa de Elías. Los dos me ayudaron a fortalecerme mentalmente y a lograr cada título que alcancé.

- Te retiraste hace un tiempo. ¿Qué tan difícil fue tomar esa decisión?

 Patinar era mi estilo de vida y por eso le dediqué todo mi tiempo y mis ganas. Pero empezaron a presentarse ciertos eventos; para algunos medios, unos días era la mejor y luego especulaban con cosas como que no quería correr con la Selección Colombia.

En 2012 me lesioné justo para el mundial y además, saber que nunca podría ir a unas olimpiadas (el patinaje no es deporte olímpico) me frustraba mucho. Ya había ganado todo lo demás.

De hecho, les propuse a la Federación Nacional de Patinaje y a Coldeportes que presentáramos un proyecto para hacer patinaje sobre hielo y participar en las Olimpiadas de Invierno. Estuvimos muy cerca de lograrlo, pero con los cambios políticos todo se dilató y terminó retrasándose demasiado.

- Estás metida de lleno en tu Fundación y en tu trabajo con la Gobernación de Bolívar. ¿Sin embargo, no te dan deseos de volver?

A veces. Mi esposo (el patinador Andrés Felipe Muñoz) ya tiene 24 títulos mundiales y siento que todo el mundo me va a pasar y entonces me dan ganas de volver (risas).

Pero en realidad tuve una carrera exitosa, de la cual me siento muy orgullosa y que me permite ahora ser abanderada de muchas causas que amo. Como el trabajo con la Gobernación de Bolívar, y su proyecto Bolívar Ganador, del cual soy Gestora del Deporte. Ahí he entendido el enorme poder de transformación social que el deporte tiene.

Para mí es muy importante inspirar a tantos niños que me ven como un ejemplo. A ellos les enseño que, en serio, cuando uno quiere algo… no hay límites.



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